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Mad Cool Día 4: El show de Florence, dos personajes nuevos y… ¿la felicidad?

Observo desde fuera, en un viaje astral, cómo me estoy mimetizando. Zapatos llenos de polvo después de cuatro días, un olor ‘distintivo’ a tierra, sudor y «pogos» que no se irá hasta que pasen unos días y un vaso de plástico colgado del cuello para que no me cobren por rellenar. Llego con bastante tiempo para pensar en lo que viene, cómo afrontarlo y a quién dedicarle el tiempo, pero me despisto unos minutos. Cuando vuelvo a la realidad, las taquillas se cierran a toda prisa, se oyen muchos portazos y así, en el breve suspiro que dura una idea, empezamos otra vez.

Hoy es Sábado y debería notarse. El cartel es de los mejores de la semana: Lideran Guitarricadelafuente, Leon Bridges, Pixies, Kings of Leon y Florence & The Machine (el orden en el que tocan). Por medio, varios grupos talentosos a los que intentaré visitar.

Según salgo de la zona acordonada, Local Natives abre fuego a las 18:20. Está prácticamente vacía la explanada pero los horarios mandan y la puntualidad es una de las notas más positivas de este Mad Cool. Lo máximo que se ha llegado a retrasar un grupo fueron los 15 minutos de Metallica, el Miércoles, esperando a que los heavys llegaran desde los puestos de comida ubicados en el lado contrario.

Empiezo pidiendo una de naranja, tributo a Antonio Vega. Me acuerdo de él y de su timidez viendo a Guitarricadelafuente. Canta como si lo necesitara, para poder hablar consigo mismo, escuchar y entenderse.

Canciones como ‘Rebozo’ y ‘ABC’, uno de sus hits, reflejan sensibilidad extrema en un artista que convence en el escenario más grande pese a su corta edad.

Indagando un poco entre bambalinas, me entero de que ha habido una avería en los altavoces en ese mismo enclave. La potencia está reducida, creen que casi a la mitad, y no parece que pueda arreglarse de un día para otro. La verdad, no aprecio grandes diferencias, lo cual me hace pensar de nuevo en lo subjetivo y arbitrario que es todo.

Su concierto acaba con ‘A mi manera’, el éxito de un traductor, pero a mitad de tema le cortan el sonido. Empieza a sonar Leon Bridges en el escenario contiguo mientras Alvarico se desgañita; la primera vez que veo un error de este calibre en cuatro días. ¿Qué hubiera costado esperar dos minutos?

Suenan como los Tower of power del siglo XXI. Abundan los coros, las guitarras son hijas del funk e incorporan baterías que nacen de la música disco. Ese lado de la banda se aprecia en canciones como ‘Steam’. El otro lado, más cañero y que les da ‘plays’ en Spotify, es el rock-blues de ‘Smooth Sailing’; distorsión, solo de batería y un frontman que no necesita hacer locuras para dominar la escena. Me gusta mucho, creo que es de lo mejor de la semana. Acaba con ‘River’, una preciosa balada de corte existencialista. Rápido empieza Pixies, que a mí, lo siento por las fans, no me dice nada. Es el sucedáneo del sucedáneo; música trillada hasta la saciedad. Llenan el escenario y son buenos músicos pero su música no aporta nada. ¿Debe la música aportar algo a la sociedad? ¿Por qué? No sé, el caso es que la de Pixies no lo hace. Tienen alguna buena canción, como ‘Where is my mind?’ y «Cactus» , pero insuficiente como para seguir ocupando espacio en tan prestigioso diario.

Kings of Leon, a eso de las 11, embruja con ecos, un par de buenas voces y, como siempre, un fiero batería. Suena ‘When you see yourself, are you far away?’, las chicas se juntan a los chicos y empieza el baile. Sigue un tema de rock duro; pura guitarra, puro Mad Cool. ‘Revelry’, balada, ofrece un hiato melódico antes de ‘Manhattan’, otra vez cañera. El suyo es un rock bailable y, escuchado con calma, intelectual; en la explanada lo que se percibe son sus ganas de gustar y la cohesión de los elementos.

Me interrumpen para pedirme una foto. Una chica muy sonriente y un rubio altísimo quieren una delante de la noria. Él parece resignado, como si llevara una eternidad posando. Quiero reírme pero entonces recuerdo que, apenas ayer, él era yo. Me lleno de humildad y les hago cuatro; dos en vertical y dos en horizontal.

Los seres humanos siempre encuentran algo. Entre los personajes mágicos que aparecen hoy tenemos a un vendedor de birra, de esos de mochila amarilla, que hace descuentos generosos si le pagas en efectivo y al bolsillo.

La palma se la lleva, sin duda, el empleado de seguridad de la ciudad deportiva del Real Madrid que sorprendió a un enemigo miccionando sobre el escudo y no descansó hasta entregarlo a la policía. Súbanle el sueldo.

La banda «pequeña» de hoy, o eso pienso, es The Struts, escogida por la diosa Fortuna. Según me acerco a la carpa donde tocan veo una marea que impide acercarse al escenario. Les escucho en la distancia y veo por qué; son muy buenos. Rock and roll setentero de raíces profundas y un gran guitarrista propulsan sus canciones. De camino me cruzo con Vladimir, la estrella de ayer, y nos saludamos efusivamente antes de volvernos a perder.

Lejos del ruido pienso que la felicidad debe ser esto: 27 grados, una ligera brisa y paz interior. Apoyado contra el acero de una valla recuerdo que no he visto peleas ni episodios flagrantes de consumo de sustancias. La gente es cariñosa, sonríe deseando que correspondas, y el buen rollo es palpable.

Justo antes de Florence & The Machine, últimos ‘top’ del día, voy en busca del lomo con pan. Una huérfana luna alumbra el cielo de la capital y, aunque hay varios amigos por ahí que me esperan, soy un tipo de costumbres. Llego a la caseta de Manolo, que no lo sabe pero le he cogido cariño, y pido lo de siempre. En esas arranca Florence, como dicen por la explanada, y me toca desandar el camino a toda prisa.

Llego justo para escuchar ‘Heaven is here’, que inmediatamente me llama la atención por la letra. ‘King’, después, parece un himno feminista y ella lo canta con muchísimo rigor. Florence Welch, lógicamente la líder, tiene un aire Janis Joplin en cómo lleva la banda. Viste un anchísimo y largo vestido rojo que, cuando se extiende, parece una capa. Como a punto de volar, envuelve con él el escenario mientras baila sobre la punta de sus pies descalzos.

Me escapo un momento hacia la mitad para ver a The Editors. Me han hablado de ellos pero por culpa de los horarios solapados la mayoría no podrá verles.

Suenan realmente bien, de los que más se han acercado al heavy en esta tarde de Sábado. Alcanzo a ver un buen solo de guitarra y a un cantante de voz grave y cierto carisma antes de volver a Florence, que corre por el escenario como si fueran los 100 lisos. Hace después una oda al momento presente (¡grande Krishnamurti!), pidiendo a la gente que guarde los móviles; ante mi incredulidad, hacen caso. Su concierto es el que mejor ha sonado con diferencia a pesar de ser en el escenario «roto» (de nuevo, qué arbitrario es todo). Se entienden las letras al cantar y emociona cuando se tira al público en ‘Dream Girl Evil’, una canción algo repetitiva pero perfecta para las circunstancias. La banda incorpora un arpa, algo inédito en el festival. Es un bonito color pero, y es obvio, en un recinto así nunca se va a escuchar; imposible saber si toca o finge hacerlo porque el resultado es el mismo.

Incorporan la famosa «clave» en un par de canciones, demostrando que entienden la industria. «La clave» es un patrón rítmico en 2/2 y basado en la síncopa que está en el centro de la gran mayoría de estilos «latinos»: reggaeton, bossa nova, samba…

Es ese «chun-cha-chun-cha-chun» inagotable que suena en las emisoras de «música». Y sí, tiene sentido que sea tan popular, pues replica el latido del corazón humano con un tironcillo extra: la síncopa famosa.

Dos canciones, como en el set de Florence & the Machine, son un color añadido para un show muy rico en cuanto a géneros, dinámicas de la banda y mensajes líricos. Se despide ovacionada y hasta vuelve para unos bises, algo infrecuente dentro de ese mundo hermético que es el horario del Mad Cool.

Hay un submundo que emerge cuando entra la madrugada; el de la discoteca. Acaba el último «headliner» y varias casetas programan DJ’s para horror de los tiradores de cañas. Ahora, después de la media jornada de Antonio Recio («12 horas»), les toca cambiar el grifo por hielos y mezcla, en un giro dramático de los acontecimientos para sus cansadas almas. Me asomo un poco y veo el percal: borrachos a la caza de muchachas indiferentes, vasos que se derraman y ese pesado olor a ron que muy rara vez presagia algo bueno. Sin duda un final indigno para lo que estoy intentando hacer sobre estas líneas, así que me doy la vuelta y busco la salida.

Durante toda la semana se han reportado problemas en los desplazamientos a la hora de cierre. Aprovecho que hoy es más tarde y tengo tiempo para fisgonear, cojo rápido mis cosas y recorro el camino junto a exhaustos y felices melómanos. La falta de taxis (por conflicto con la organización), caos en el punto especial de recogida de ‘Uber’, escasez de trenes y un descontrol general han provocado que haya habido colas de dos, y hasta tres horas, para poder volver a casa. Aunque no es justificación, y alguien deberá explicarlo, suena a lo que pasa siempre que una marea se reúne en el mismo sitio: retrasos. Hoy se ve que el proceso está más mecanizado y es ágil.

Lo hago siempre lejos, cuando el ruido de los últimos baterías apenas se oye. Paro un momento y, antes de darle a ‘enviar’, me aseguro que he dicho lo que quería. Hoy no lo sé, quisiera decir mucho más. O mucho menos, y hacer la crónica con sólo cuatro palabras:

¿Es esto la felicidad?

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